Octubre 2014 | Foto: Maria Camila Castro
Mientras caminaba por las calles minadas de Piñalito noté a través de una reja éste carro fijado en la memoria de la generación que vio correr a Juan Pablo Montoya (Ver Imágen 1). El tiempo se derritió: pude ver a un niño jalando del pantalón de su padre pidiendo que lo subiera mientras comía algún helado color azul o rosado, y así como esa, muchas más familias disfrutando de un domingo soleado en el pueblo, como se le dice en Colombia al centro de un municipio. El polvo era la huella del tiempo, el polvo era el olvido y también la conservación de historias que aún no han sido contadas.
Mientras Montoya se despedía de “La categoría reina del automovilismo” el Ejército Nacional de Colombia hacía todo lo que estaba a su alcance por retomar control de Piñalito, la inspección más extensa y comercialmente activa del municipio de Vista Hermosa en el departamento del Meta.
A Piñalito lo querían colonizar todos, no solo el Ejército, también las Farc y los Paramilitares. En estas tierras de árboles de cacao, de verdes intensos y animales nobles, la coca crecía, se multiplicaba se transformaba y se exportaba. Los lugareños recuerdan las buenas épocas cuando las Farc dominaban la zona: “La gente acá ni peleaba, porque sabía que si hacían alboroto ¡Tin! les pegaban un tiro, entonces acá todo el mundo era tranquilo”. Cuenta Andrea con una extraña nostalgia.
Nueve años después el centro de Piñalito parece una maqueta olvidada. Cuenta con una sola tienda donde venden principalmente cerveza, agua, Bom Bom Bun y chitos; es atendida por sus dueños una pareja de abuelos , su nieto que no había cumplido años con más de un dígito y un gatito que confía en los humanos. Durante un buen rato no vi mas población civil, eso sí, aproximadamente cada tres metros estaba un joven soldado con la mirada perdida sosteniendo un rifle.
Mientras me refugiaba del sol en el único establecimiento público: la tienda, inspecciono las paredes, veo que al igual que el techo están llenas de perforaciones. Pregunto si eso son balas, me dicen que no, que fué una granada que lanzaron. El dueño me señala en el piso una fecha grabada sobre cemento que conmemoraba el día del ataque.
Inmediatamente mi mente recreó otra escena: una persona que después de haber reparado el suelo bombardeado de su tienda, que también es su casa, se agacha y sobre el cemento fresco escribe con un palito o quizá con su dedo una fecha que le duele, pero no pretende olvidar.
El triunfo del Ejército en este caso suena al peor de los finales; el Estado recuperó la tierra, pero no la vida de ésta población. Los colegios siguen cerrados y a pesar de que la mayor parte del tiempo brilla el sol sobre las calles de Piñalito: ni los niños, ni nadie allí puede correr libremente.